lunes, 20 de agosto de 2012

Me paseo como una gorda impune, en babucha y corpiño, entre habitación y habitación, pensando no cómo sino donde voy a meter la ropa que tengo en cajas y bolsas. La solución sería comprarme un placard, claro, pero teniendo uno libre en la habitación de enfrente creo que la movida más acertada – al menos por el momento – va a ser dividir y vestirme un poquito acá y otro poquito allá.

Caigo en la cuenta de que a mis casi 29 años, ropa y libros es lo que me sobra. Ayer increíblemente salí de la librería con las manos vacías. No encontré lo que buscaba y me acordé de uno que ya tengo y quiero releer – El Anatomista – que quedó en mi mini biblioteca en la casa de mis viejos. Necesito tenerlos acá conmigo, aunque no los toque y sólo estén juntando polvo porque, a decir verdad, una de las grandes verdades de mi vida es que para los libros y los hombres, posesión.